Corría el mes de mayo en la ciudad de México, el cielo estuvo amenazando con un diluvio toda la tarde, y a pesar de que cayeron un par de chubascos que aminoraron el infernal calor de la ciudad; las nubes no cumplieron su promesa de inundar los pasos a desnivel y ralentizar el transito citadino como lo hacia a menudo en esas épocas. Como fuera, el cielo nocturno se comporto más benigno y, aunque no se despejo por completo debido a la eterna cortina de humo que enturbia el aire de la ciudad, por lo menos dejo ver una luna hermosa del tamaño de un centenario que refulgía destellos solares; orgullosa, soberbia e imponente declaraba que esa noche no habría oscuridad en el valle de México.
Guillermo Rivera la observaba desde la ventilla de un colectivo con destino a la ciudad de Pachuca. Siempre le causo un poco de nostalgia atisbar hacia los confines del universo y su manto de brillantina multicolor, pero la luna tenia un especial significado: por algún motivo le recordaba a su querida madre, quien había muerto en su mas tierna infancia. Nunca entendió muy bien la relación que tendría en su subconsciente la luna con su madre, y honestamente no le importaba.
Aquella era una luna impresionante, en lo alto del cielo enseñoreada, y comandando las legiones de pequeños cirros a su alrededor. Le obligaba a Memo a recordar su pasado, que nunca fue triste en realidad, había sido muy duro pero viendo hacia atrás nunca le provoco tristeza, era consciente de el y sabia que gran parte de lo que le había vivido lo habían convertido en el hombre bueno o malo con el que estaba medianamente feliz.
Sumido en sus propias sombras, súbitamente despierta para darse cuenta de que el cielo se estaba despejando mas y mas, señal inequívoca de que se alejaba de la metrópoli para adentrarse en los dominios de la autopista, ese cielo era mucho mejor ahora si podía ver estrellas en el manto azabache el espectáculo era hermoso; el satélite en lo alto brillaba ahora de tal manera que costaba verle.
Memo hacia un esfuerzo por encontrar aquel conejo que nunca atino a ver, cuando una pequeña ráfaga cruzo por su campo visual, no lo podía creer nunca en sus 45 años contados había logrado ver una estrella fugaz y esa noche de la nada apareció y se fue dejando tras de si solo el recuerdo de la mas gloriosa noche de Memo en sus incursiones en el infinito.
Sin lugar a dudas esa era una noche extraordinaria…
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